Cuentos de tres tipos, tres tipos de cuento
ISBN: 978-958-99907-6-6
Tamaño: 20×13,5 cm
176 pág.
El talento que se percibe en este libro, si bien está orientado por tres maneras muy diversas de ver y abordar el mundo desde la literatura, tiene una conexión directa con un tema fundamental en el arte: la indagación, la exploración, el recorrido por los vericuetos insospechados de la condición humana; su conducta, sus pasiones, angustias, desafueros, verdades, goces, placeres, frustraciones, picos de felicidad y valles de tristeza. En fin, plumas que ahondan entre los laberintos de la vida, producto ¾unos¾ de sus vivencias, ¾otros¾ de sus sueños, de los encuentros casuales o cotidianos con el otro, a través de este largo y tortuoso camino que llamamos mundo.
Enrique Torres nos sorprende con un trabajó de largo aliento, producto de un buen trecho recorrido en este oficio de escribir que ¾independiente de sus avatares en una profesión que nada tiene que ver con la literatura¾ ha sostenido con mucha disciplina y harta dosis de pasión.
Roberto Sanabria es un ejemplo claro de que la disciplina y la terquedad son fundamentales en este oficio. Hace tan solo unos años no hubiésemos apostado por su talante literario, pero hoy nos demuestra que su dedicación ha dado resultados.
Eduardo Espinel siempre ha sido un caso aparte. En todo. Un empresario atípico. Y, por supuesto, un escritor atípico. De esos hombres que nacieron con una vocación, que al decir del maestro Antonio Muñoz Molina, se resume en la bien simpática teoría de: «La clave para lograr el éxito, es comenzar desde arriba». Porque Eduardo parece nacido para mandar. Y decimos que es un empresario atípico, porque su fama de hombre duro, parco, pragmático y cortante, se rompe de repente, cuando de sus manos afloran unos versos.
Y un escritor atípico, que le importa un carajo la ortografía, que le da pereza pulir un verso, pero que cuando se dedica a una tarea, como esta de editar sus libros, la saca adelante. (Y ¾ al final¾ con buena letra).
Esta primera salida como narrador le costó más trabajo de lo imaginado, por la implacable dictadura de un monstruo de dos cabezas: la brevedad y el erotismo. Pero el final sale airoso en su intento.




