He perseguido mis ojos
ISBN: 978-958-97061-5-2
Tamaño: 14×21 cm
96 pág.
Imagínense a una cazadora de ojos, alguien que lo que persigue es mirar, como ocurre en la sinestesia, con todos los sentidos. Ver con los oídos. Mirar con el tacto. Escuchar con los ojos.
Eso que, en un orden distinto al de la poesía, podría parecer una suerte de locura, en Olga Malaver es un deseo de la misma estirpe de la ambición que ya preconizaba Rimbaud a través «del desajuste de los sentidos».
Es muy justo que el libro He perseguido mis ojos despegue con un intenso poema que se pregunta sobre el quehacer en la poesía.
El trato con lo conceptual que hay en la poesía de Olga Malaver y sus aproximaciones a los tonos propios de la reflexión, no eluden el rapto poético ni la emoción. Ese trato es lo que transluce una voz interior. Denise Levertov, la formidable poetisa norteamericana, señalaba que «una persona de tipo verbal, constantemente se está hablando a sí misma, hacia dentro de sí, aproximando y evaluando y tratando de expresar su experiencia en palabras». Eso es algo que tiene ocurrencia en este libro y que ya había constatado en sus anteriores volúmenes.
La impresión que me suscita su poesía es la de alguien que pone el oído sobre sí mismo para escucharse, para oír su propio ritmo como el árbol escucha los dictados de su savia. Es una forma, muy propia del poeta, de espiarse para luego traducir su mundo interior hacia los territorios del afuera.
La autora de este libro sabe bien que «las definiciones no existen, que las palabras se adoptan» y es en esa adopción de los vocablos en donde su poesía se hace justa.
Muchos de sus poemas no evaden el coloquio, inclusive proponen el acercamiento al prosaísmo como vehículo para lograr la claridad, pero es algo siempre entreverado a un mundo reflexivo, como el de los subvertidos espejos que nos devuelven una realidad cotidiana ennoblecida por sus preguntas, por sus pesquisas.
Poemas que preguntan por la geometría, sus formas y sus colores. Poemas para esculpir una efigie de Narciso o para asistir al reverso de él, como el del lustrador de pisos casi enano que al brillar la madera no pretendía, como lo haría el mismo Narciso, reflejarse en el piso sino hacer bien su pobre laboreo. Nada escapa a los intereses de esta poesía. El mito y las circunstancias diarias, lo banal y lo sublime. Podría decirse, como en uno de sus poemas, que hay algo así como un espejo bifronte donde se asoman a la vez Don Quijote soñando con guerras punitivas y grandes hazañas, y Sancho Panza arrastrando sus pies en la tierra del acá y del ahora. Seduce el registro personal de esta poesía. La manera insumisa de buscar unos ojos que asistan a la revelación.
Juan Manuel Roca




